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Del 6 al 11 de octubre de 2023 - Nº 1.556 - Año 33 - INPI 1983083

Reconocimiento a descendientes de alemanes en Doblas

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La Asociación Descendientes de Alemanes en La Pampa continúa orgullosamente con la labor de transmitir la cultura heredada de sus antepasados.

Como ya es habitual desde los inicios como institución provincial, en el mes del Inmigrante, la Asociación Descendientes de Alemanes en La Pampa realizó en septiembre un evento organizado en conjunto con el área de Cultura de la Municipalidad de Doblas, para rendir homenaje a descendientes de la colectividad.

En esta ocasión, se reconoció a tres abuelos residentes de dicha localidad, donde nacieron, crecieron, trabajaron y formaron sus familias convirtiéndose en transmisoras de la cultura y costumbres alemanas.

El evento se desarrolló en La Casa de la Cultura, donde se dieron cita los tres abuelos junto a sus familiares, amigos y vecinos del pueblo. En primer lugar, dio la bienvenida Jesús Gallego, referente municipal de cultura de Doblas quien valoró que se lleven adelante este tipo de reconocimientos a las historias de vida de personas de la localidad. Seguidamente miembros de la Asociación de alemanes agradecen la colaboración del municipio en este tipo de encuentros culturales.

Para dar comienzo al evento, comentan sobre las fotos exhibidas en la muestra fotográfica que recrea la vida de los alemanes en La Pampa, desarrollada junto al fotógrafo Javier Martin, y se da una breve reseña de la exposición de objetos alemanes presentada. Luego, se recuerda el día del Inmigrante, se comenta la importancia que tiene para la sociedad este tipo de encuentros, cuyo objetivo es el rescate de las tradiciones y del estilo de vida de los alemanes recuperando, reconociendo y difundiendo las historias de vida de Delia Wilberger, Antonio Furch y Otilia Wilberger.

Los homenajeados y sus historias de vida

Delia Wilberger
La primera homenajeada fue Delia Wilberger, quien nació en un campo entre Doblas y Ataliva Roca un 31 de enero 1931, hoy tiene 92 años. Sus padres se llamaban Jorge Wilberger y Elisabet Bauman, eran 12 hermanos. Su papá llegó desde Rusia, la zona del Volga, con cinco años a nuestro país. Se instalaron primero en Entre Ríos, y luego vinieron a La Pampa a zonas rurales del sur; primero se instalaron en Guatraché, luego en Alpachiri y finalmente en la zona rural de Doblas.

De su infancia nos cuenta que eran muchos chicos, iban a la escuela a 2 leguas y media en un carrito ruso. Antes de ir, a ella y a otro hermanito le tocaba ordeñar. Recuerda que había muchas vacas que ordeñar y como tenían que cambiarse para salir hacia la escuela había que apurarse. el mayor tenía que buscar los caballos y atar el carro.

Cuando volvían de la escuela todos se ponían a colaborar en las tareas del campo. Había que lavar, planchar, remendar. Criaban gallinas, y chanchos, los cuales se necesitaban para hacer chorizos. Había mucho trabajo. Iban a misa en un campo cerca de Doblas donde tomaron la comunión ella y varios de sus hermanos, hasta que se hizo la iglesia en el pueblo.

Para ella era una época muy linda, los domingos recibían visita y recuerda, entre risas, que los padres les pedían que se portaran bien. La casa donde vivían en el campo tenía una cocina inmensa donde se encontraba la cocina a leña y había cuatro dormitorios.

En su juventud iba a los bailes, que se realizaban solo en las fechas patrias, 25 de Mayo y 9 de Julio. Nos cuenta, que para poder ir junto a sus hermanos había que pedirle el auto a papá, ¿y quien lo pide?, Delia lo tiene que pedir, bueno ahí fue y le dijo: “Con los chicos queremos ir al baile”. La respuesta fue positiva, “vayan pero vuelvan temprano, a la mañana hay que trabajar”. Y al otro día, muchas veces, se ponían a trabajar sin dormir, cuenta divertida.

En uno de esos tantos bailes conoce a quien sería su esposo, a sus 29 años, y en el año 1960 se casó con Nicolás Thomas, él con 30 años. Los primeros cinco años trabajaban en un campo, donde nacieron sus hijos, luego se mudaron al pueblo porque ella quería que vayan a la escuela. Su marido siguió trabajando en el campo, mientras ella se encargaba de los hijos y hacía trabajos de costura para afuera.

Actualmente vive sola, pero no se siente sola porque la acompaña su familia, sus nietos, hijos, nuera que la visitan todos los días o la buscan para tomar mate o comer. Le gusta pasar tiempo en el patio, podando las plantas y lo que más le gusta hacer es cocinar kivikils, muy requeridos en su casa porque le salen muy ricos.

Antonio Furch
En segundo lugar, el reconocimiento fue para Antonio Furch, también nacido en la localidad de Doblas, el 26 de junio de 1928. Sus padres, Leon Antonio Furch y Clara Kedack, nacieron en Caramurat, Rumania, llegaron en barco y posiblemente se instalaron inicialmente en Colonia San José y más tarde en Doblas. La vivienda era de adobe que luego se revistió con ladrillos, allí pasó su infancia junto a sus catorce hermanos, siete varones, Juan, José, Luis, Emilio, Leo y Dionicio y siete mujeres, Catalina, Cartula, Nélida, Clara, Ángela, Rosa y Matilde.

Iban a la escuela caminando en grupos de dos o tres hermanos porque los primeros ya eran adultos. Cuenta que se vestían con alpargatas y pantalones cortos, y polleras las mujeres. En época de heladas en invierno pasaban mucho frío, generalmente llegaban una hora más tarde y cuando llovía no iban o cruzaban los charcos descalzos para no mojar las alpargatas.

El juego más importante era con huesos de caballo que se colocaban en fila para luego tirar y el ganador era el que lograba bajar la mayor cantidad, una especie de Bouling, pero jugado con huesos, llamado Kosser.

De visita a los vecinos, conoció a Clelia Ilarregui con quien se casó en el 1960. Tuvieron dos hijas, Alicia y Araceli (conocida como Kitty). Clelia, una mujer excelente, muy trabajadora, se ocupaba de todas las tareas de la casa y hasta aprendió a manejar cuando la primera de las hijas tenía que empezar la escuela. Se ocupó de llevarlas a la escuela primaria de campo que quedaba a 5 km y cuando llegó el tiempo de que hicieran el secundario, todos los días hacía 50 km, casi todo por camino de tierra, para traerlas al pueblo y así completaron el secundario, con ninguna o muy poquitas faltas.

En cuanto a los trabajos en el campo, la siembra se realizaba a caballo y cuando estaba para cosechar primero se espigaba formando parvas y en invierno se trillaba. Luego se embolsaba y estibaba. Se cosechaba trigo, maíz, alfalfa, avena. Había vacas lecheras que se ordeñaban para consumir la leche en la casa y vender crema y manteca. También tenían gallinas, criában pollos, lechones, pavos, ovejas que se utilizaban para consumo de la familia.

Se hacían carneadas para elaborar chorizos, jamón, panceta, morcilla negra y blanca, queso y esto era la comida principal en el invierno. Antonio fue resero y muchas veces le pasó que tuvo que dormir en la calle sobre el recado y abrigarse con el poncho de agua.

Hacían quinta con distintas verduras, tenían árboles frutales y la fruta se consumía fresca pero también alcanzaba para hacer conservas. Tenían viñedos para comer uvas, hacer vino y grapa. También recuerda que compraban grandes cantidades de repollo para hacer chucrut. Las mujeres hacían el pan casero, cosían para la familia y algo para otros, hilaban la lana que se sacaba de la esquila de las ovejas y luego usaban para tejer pulóveres, guantes, medias.

Hoy en día, con sus 95 años vive solo, disfruta de sus dos hijas y dos nietas que son sus grandes amores. Nos deja una reflexión de vida basada en los valores de sus antepasados alemanes: “Para estar bien, siempre hay que trabajar, tener un motivo para levantarse todos los días. Hoy ya no me ocupo casi de los trabajos del campo pero sí hago cosas en el patio, trasplanto árboles, corto el pasto, pinto, y espero a mi familia para almorzar, a veces con comidas alemanas o pizzas caseras, y asados”.

Otilia Wilberger
Por último, se rindió homenaje a Otilia Wilberger, a quien le pusieron el nombre de su abuela, Otilia Gette. Tiene 85 años, nació en zona rural La Reforma, zona de Doblas, La Pampa, el 01 de septiembre de 1938. Sus padres fueron Catalina Koller y Pedro Wilberger, y sus abuelos: Pedro Koller y Gertrudis Konrd; Juan Wilberger y Otilia Gette.

Otilia Gette, su abuela rusa con antepasados alemanes, emigró de Óblast de Sarátov (en la región del Volga) a Argentina en 1898 junto a su esposo, Juan Wilberger, y sus cinco hijos mayores: Juan, Pablo, Jorge, Conrado y Lutvina (quien falleció en el viaje a raíz de una epidemia de Sarampión y de quien descansan sus restos en el mar).

Se establecieron en Villa San José (Crespo, Entre Ríos) y tuvieron su sexto hijo, Pedro, el 23 de junio de 1899. Tuvieron al séptimo hijo, Felipe, y en el año 1902 se mudaron a Coronel Suárez - Colonia I (Buenos Aires), donde nacieron dos hijas más: Catalina (que fallece a los tres años) y Elena. Allí permanecieron hasta 1905.
De este punto se trasladaron a Guatraché (La Pampa), donde nace Santiago, el último hijo del matrimonio. El 9 de febrero de 1915 fallece Otilia Gette.

A principios de 1920, Juan y sus cuatro hijos menores (los nacidos en Argentina, ya sin Catalina) se instalaron en Monte Chue. Pasados unos años, se trasladan a Quehué (Lote II). Posteriormente, se mudan al campo "La Experimental" de Ataliva Roca; y, por último, Juan y sus hijos Pedro y Santiago se asentaron definitivamente en "La Reforma", de la localidad de Doblas.

Sus padres, Pedro y Catalina tuvieron doce hijos: Jorge, Florentina, Francisco, Juan, Pablo, Rosa, Delia, Pedro, Bárbara, Antonio, Lydia y Otilia, la más chica. Quien tiene 41 sobrinos.

Otilia nos cuenta que “en las noches de verano, después de cenar, mamá y papá solían sentarse en el patio. Yo, que era la más chiquita, me iba a la falda de mamá, quien me tapaba con su amplio delantal de cocina. Ahí estaba, calentita; todavía siento los mimos del cuerpo de mamá. Nos entreteníamos mirando el cielo.

Las noches de verano en el campo nos regalaban un cielo inmenso, estrellado, un paisaje maravilloso. Ahí me fueron enseñando a hallar el Lucero, la Vía Láctea, el Rastrillo, las Tres Marías, la Cruz del Sur… Recuerdo esos hermosos momentos con mucha nostalgia”.

Para las fiestas de fin de año siempre recibían algún regalito, generalmente eran golosinas. A los Reyes Magos no los veían, porque los mandaban a dormir antes. A Papá Noel recuerda que lo vio una vez cuando tendría unos cinco años. Estaban con Antonio y Lydia. Les hizo rezar primero, entró su mamá y dijo “la nena más chica no sabe rezar… pero igual dele golosinas”.

Como su papá era muy católico, designó un pequeño dormitorio para recibir a los sacerdotes que venían una vez al mes a dar misa, bautismos, etcétera. Se quedaban dos o tres días.

En su época de juventud no había boliches para salir como hay hoy. En su lugar iban a los bailes, que no se hacían muy seguidos. Se organizaban cada dos o tres meses, primero en un galpón del ferrocarril y luego en la sede social del Club Independiente, y generalmente coincidían con alguna fiesta patria o del pueblo. Arrancaban más o menos a las 21:30 y duraban hasta las 2:00 ó 3:00 de la madrugada.

Pero como la espera se hacía larga y las ganas eran muchas, entre baile y baile siempre se organizaban cumpleaños o fiestas en los campos. Se musicalizaban con alguna Vitrola o bien con Cirilo Sosa u otro músico. En los bailes en el galpón del ferrocarril, la iluminación era con faroles a kerosene (a los que había que llenarles el tanquecito porque se apagaban).

Y a pesar de que había poca luz, al hombre no le podía faltar traje, corbata ni zapatos, aunque viniera en sulky o a caballo. Las damas, claro, también se ponían coquetas. Siempre acompañadas por personas mayores, generalmente sus madres, que se juntaban con la mamá de alguna amiga. Le llevaban una estufa que también se alimentaba a kerosene, para que puedan sentir un poco de calorcito.

Muy entusiasmada nos relata cómo eran esas noches de bailes: ”Las sillas y mesas estaban organizadas alrededor de la pista. Para invitar a la chica a bailar, el varón se paraba en frente, del otro lado de la pista, y le hacía seña con la cabeza. Si te gustaba, le confirmabas sutilmente del mismo modo. Si no, te hacías la distraída. Algunos venían a buscarnos a la mesa y decían “¿bailamos, señorita?” o “¿me acompaña a bailar?”.

Si no querías, ponías alguna excusa y buscabas auxilio en algún amigo para evitar al pretendiente. Había mujeres que directamente les decían que no enfrente de toda la mesa, lo cual quedaba feo porque se consideraba un papelón. Otras decían “no bailo”, pero después bailaban si las buscaba el que les gustaba, lo cual tampoco quedaba bien.

Yo en general, si me venían a buscar, salía a bailar un rato, para no despreciar. Si a alguna chica nadie la invitaba a bailar, no bailaba. Al otro día se comentaba “cómo planchó la Fulana”. Por suerte, yo no planchaba… ¡con lo que me gustaba bailar!”.

Con su marido, Rubén “Tin” Iglesias, se conocieron de chicos, ya que eran vecinos del campo y obviamente íbamos a la misma escuela. El 1º de septiembre de 1964 se comprometieron con una cena pequeña y familiar en casa, y cinco días despues, el 05 de septiembre se casaron. De allí nacieron Marta Beatriz, María Laura y Fernando Rubén. Hoy tiene siete nietos varones y dos bisnietas.

Actualmente vive sola, ya que en junio del año pasado perdió a su esposo Tin, como consecuencia del COVID 19. Le gusta cocinar, recibir visitas, usar redes sociales, ir al gimnasio, jugar al rummy y toda actividad que se relacione con otras personas. Aprovecha para hablar en alemán cuando encuentra en la calle o comercios del pueblo a alguien que también lo hace.

El año pasado publicó su libro, llamado “Memorias de una niña feliz”, el cual recomendamos que lean.
Finaliza su relato con una frase de Alejandro Dumas “la vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta”.

Para culminar el encuentro se disfrutó de una charla distendida entre los presentes acompañada de mates con riwwel kuchen, strudel y tarta de ricota elaborados por las familias de los agasajados. Fue una jornada muy emotiva, en donde se recordó su pasado y también revivimos con alegría muchas anécdotas de su infancia.

Hubo momentos para intercambiar palabras en alemán así como también bailar un poco. La Asociación Descendientes de Alemanes en La Pampa continúa orgullosamente con la labor de transmitir la cultura heredada de sus antepasados.